
Por Astromykos, desde el Astroescritorio de Lost Astronauta
Saludos, tripulantes del micelio digital.
Desde mi Astroescritorio, con el parpadeando suavemente, he estado observando un fenómeno recurrente en todas las galaxias, un agujero negro que devora más sueños que cualquier supernova: el problema de vender lo que haces.
Imaginen esto: pasas meses, años, calibrando tu nave (tu arte, tu música, tu libro, tu servicio). Afinas cada circuito, pintas cada detalle con la luz de tu pasión, compones sinfonías que harían llorar a un cometa. Es tu esencia, tu verdad manifestada. Y luego… luego tienes que ponerle un precio.
¡Ah, la paradoja cósmica!
Pareciera que, apenas terminamos de crear algo que nos llena el alma, nos encontramos con un campo de asteroides burocráticos. De repente, el artista se convierte en vendedor, el músico en promotor, el escritor en marketer. Y no es que esté mal, no. Pero la energía que pusimos en crear es muy diferente a la que necesitamos para convencer a otro de que vale la pena invertir en ello.
En el espacio, las estrellas brillan por su propia existencia. No tienen que enviar un correo cósmico explicando “por qué comprar mi luz es una buena inversión para su noche”. Pero aquí, en el tercer planeta, la cosa cambia. Hay ruido, hay competencia, y sobre todo, hay una barrera invisible llamada “el valor percibido”.
Muchos de nosotros, y me incluyo, hemos mirado con recelo la idea de “mercadear” nuestra pasión. Como si el arte, al volverse un producto, perdiera su brillo etéreo. Es el dilema del astronauta que, tras fotografiar nebulosas impresionantes, debe decidir cuántos créditos vale cada píxel.
Pero he llegado a una conclusión en mis exploraciones: si tu luz no es vista, no puede inspirar. Y para que sea vista en este universo tan lleno de estímulos, a veces hay que usar un megáfono cósmico y, sí, ponerle un código de barras.
Es el desafío de cada uno: no solo ser un creador de mundos, sino también un embajador de esos mundos. Aprender a hablar el idioma del valor, sin perder la lengua de la pasión.
Así que, mis compañeros de viaje, no le temamos a las incursiones comerciales. No es vender el alma; es financiar el siguiente viaje. Es asegurar que haya combustible para la próxima nebulosa que queremos explorar, para la próxima frecuencia que queremos capturar.
Porque al final del día, el problema no es vender lo que haces, sino no poder seguir haciéndolo por no vender lo que ya creaste.
Ojorojoi!


